Por Bioq. Esp. Laura Pinto (MP 6115)
Directora Técnica en LACE Alta Córdoba.
La Preeclampsia (PE), también conocida como Preeclampsia Toxemia (PET), es una complicación grave que puede manifestarse en la segunda mitad del embarazo, en el parto o en el puerperio inmediato. Se estima que 8.5 millones de mujeres en todo el mundo la padecen, y esta condición es responsable del 15 % de los partos prematuros y 42 % de las muertes maternas.
La PE se desarrolla en dos etapas y está caracterizada por una placentación anormal e inadecuada remodelación de las arterias espiraladas uterinas. En la primera etapa, que es asintomática, se produce hipoperfusión e hipoxia placentaria, generando trombosis e infarto en las vellosidades placentarias. Esto aumenta la producción y liberación de ciertos factores en la circulación materna, causando un estado de inflamación generalizada y activación del endotelio. La segunda etapa incluye vasoconstricción, reducción del volumen plasmático y activación de la cascada de coagulación, y es en este período cuando se diagnostica clínicamente la patología.
Los cuadros clínicos más severos como la eclampsia y el síndrome de HELLP (según sus siglas en inglés Hemolysis, Elevated Liver Enzymes and Low Platelets) se asocian con un síndrome fetal, compuesto por retraso del crecimiento intrauterino, oligohidramnios, hipoxia fetal, parto prematuro y/o muerte fetal intrauterina.
El diagnóstico de PE se establece cuando en una paciente previamente normotensa, aparece hipertensión tras 20 semanas de gestación, con cifras de presión arterial por encima de 140/90 mmHg y valores de proteinuria mayores a 300 mg, en una muestra de orina de 24 horas.
La identificación de biomarcadores para predicción y detección de la PE es crucial para una atención prenatal temprana. Entre los más estudiados, el factor de crecimiento placentario (PIGF) y el factor de crecimiento similar a tirosina 1 soluble (sFlt-1) resultan ser prometedores.
El PlGF es un factor angiogénico secretado por la placenta, que pertenece a la familia del factor de crecimiento del endotelio vascular (VEGF). Actúa sobre el receptor VEGFR1 de las células endoteliales, promoviendo la mitosis, migración y diferenciación de las mismas. El sFlt-1 es la forma soluble del VEGFR1 y su función es secuestrar a los factores VEGF y PlGF, impidiendo su unión a los receptores de membrana y ejerciendo un efecto final antiangiogénico.
El desequilibrio entre estos factores, con un incremento de sFlt-1 y una consecuente disminución de la forma activa de PlGF, desencadena el síndrome materno en los órganos diana como riñón (proteinuria), cerebro (edema cerebral y alteraciones de la visión, convulsiones en eclampsia), edema pulmonar y otros síntomas.
PIGF y sFlt-1 pueden medirse en la circulación materna como marcadores en diferentes etapas. Durante el primer trimestre del embarazo, se utilizan como predictores en una evaluación de riesgo temprana y, una vez que la patología se ha manifestado, pueden ser útiles para el diagnóstico.
Generalmente, entre las 11-13 semanas de gestación se realiza una evaluación de riesgo con la cual se pueden establecer los niveles de PIGF y sFlt-1, para una detección temprana de la PE. A su vez, alrededor de las 20-24 semanas de gestación, la medición de PIGF y sFlt-1 puede resultar beneficiosa en casos de sospecha clínica de dicha patología.
Un cociente sFlt-1/PlGF menor a 38 permite descartar el desarrollo de PE con un valor predictivo negativo del 99 % solo en la siguiente semana, independientemente de la edad gestacional. Por otro lado, un cociente superior a 38 anticipa la aparición de PE en las cuatro semanas siguientes, con un valor predictivo positivo de aproximadamente el 40 %. Cuando los valores del cociente están por encima de 85 son altamente sugestivos de PE, y valores muy elevados se asocian con la necesidad de inducir el parto dentro de las 48 horas. Cabe destacar que se recomienda su utilización junto con criterios clínicos, para valorar la presencia de PE en una gestante.
En resumen, la PE es una complicación grave del embarazo que puede tener consecuencias negativas, tanto para la madre como para el feto. El desequilibrio entre los factores angiogénicos PIGF y sFlt-1 desempeña un papel crucial en el desarrollo de la enfermedad. La detección temprana y el monitoreo de estos biomarcadores pueden ayudar en el diagnóstico y manejo de la PE, permitiendo una atención prenatal oportuna y un mejor pronóstico para las gestantes afectadas.
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